Cuento “El viejito consejero”

Posted by on Sep 14, 2015 in Coaching personal, Cuentos para despertar, La sala del relax | 0 comments

Cuento “El viejito consejero”
Hace mucho tiempo, en unas tierras que no estaban ni muy al este, ni muy al norte, ni muy al sur, ni muy al oeste, vivía un buen hombre, cuya inteligencia resaltaba y sobresalía por encima de las demás, siendo esta virtud muy conocida entre todos los vecinos de su pueblo y de los pueblos de su alrededor. De vez en cuando, en alguna placita, se disponía a relatar algunas leyes del universo o cuentos para reflexionar y después, los ciudadanos le iban contando sus situaciones, y él, con su gran poder de visión, les daba siempre el consejo acertado.
Fueron pasando los años y la situación del hombre seguía igual, pero tardó poco en darse cuenta de que cada vez eran menos las personas que le pedían nuevos consejos, y quienes se lo pedían, no los llevaban bien a la práctica. Y, en general, no aprendían a ver las cosas con claridad.
El hombre se encontraba más cansado cada día de las personas que le rodeaban, así que un día decidió emprender un viaje para hacer llegar su sabiduría a todas las personas que encontrara.
Empezó por las tierras cercanas y prosiguió su camino hasta llegar a tierras de las que nunca había oído ni siquiera hablar. Encontró gran variedad de culturas, razas, tradiciones, aldeas, países y colores. En los primeros tiempos encontró cosas y situaciones que jamás había imaginado, pero después, pudo comprobar que las personas eran muy similares en esencia allá donde iba, y que cometían los mismos errores que una y otra vez había visto en sus vecinos y vecinas.
Tal y como se había prometido, allá donde veía una conducta a cambiar, un hábito a sesgar, o una visión que cambiar, intervenía.
Pero nuestro hombre estaba envejeciendo con bastante velocidad, y cada día era más y más desdichado. Las personas cada vez le respetaban menos y no sólo no seguían sus consejos, sino que empezaron a dejar de escucharle, ¡e incluso un día le tomaron por un indigente loco!
Los días cada vez se le hacían más pesados. Le costaba enfrentar los retos y cada vez le costaba más dar un consejo…no paraba de ver los fallos aquí y allá…y empezaba a cansarse de decirlos una y otra vez.
Cada día estaba más cansado…más triste…y más viejito.
Una noche, en sueños, soñó que volvía a su pueblo, y ese día decidió emprender el camino a casa. Pasados unos meses, lo alcanzó al fin. Al entrar por el caminito de su pueblo, los vecinos le reconocieron, aún pasados tantos años, y empezaron a congregarse a su alrededor, ansiosos de que les contara qué había visto, cómo eran esas otras tierras, qué personas había, qué animales, que historias, qué plantas…Pero algo les crispó cuando le vieron de cerca, algo les empezó a interesar más que todo eso…y esto era el saber qué le había pasado al sabio ancianito. Se le veía muy débil, muy cansado…muy viejo.

Los niños le preguntaron qué había visto, por dónde había estado. El ancianito empezó a contar sus aventuras y desenlaces, sus días, sus noches, sus frías madrugadas en el norte, o sus calurosos días más al sur. Poco a poco, se acercaban más y más vecinos a escuchar sus sabias palabras, a escuchar con atención cada valiosa pieza de su historia. La sonrisa emanaba de sus caras, y, poco a poco, parece que la cara del ancianito se contagió con ella, pudiendo comprobar todos los asistentes cómo su cara se iba iluminando a cada nueva pregunta, a cada nueva historia, a cada nueva lección.
Imparables, todos los vecinos le fueron contando sus problemas pidiéndole que les diera una solución. El ancianito respondía a cada pregunta con delicado encanto, sintiéndose como hacía mucho mucho tiempo: querido, escuchado, y respetado. A cada consejo que daba, recibía un “Gracias, Maestro” – acompañado de una cálida sonrisa, y de algún que otro beso.
Cada vez que esto pasaba, su cara y su sonrisa se ampliaban, y contestaba con gran rapidez cada nueva pregunta.
Después de un intenso día de relatos y consejos múltiples y variados, las mujeres y hombres seguían trayendo comida y bebida, instrumentos y troncos, y los niños y niñas se preparaban para seguir jugando hasta bien entrada la noche. Un regreso tan inesperado y tan fortuito, con tantas alegrías y tantas sonrisas que había despertado, requería de una gran fiesta de alegría y bienvenida, con su hoguera, su cena, sus cuentos, su música y sus danzas.
Comieron, rieron, bailaron y cantaron hasta que no pudieron más sus cuerpos y almas, y, cerca del amanecer, se fueron retirando a descansar en sus casas.
Entonces, el viejito se acercó a la suya, que años atrás había dejado lleno de amargura. Encontró una casa oscura, vacía, amarga. Sin embargo, se sentía feliz. Su corazón estaba lleno de alegría.
Por la mañana, el sol y los pájaros dieron las primeras notas del día, y el día empezaba radiante. No se vió al ancianito pasear por sus calles.
Por la tarde, cerca del atardecer, una vecina sintió que debía ir a verle, y, como no abría a su llamada, entró en la casa. Al no escuchar nada, le buscó por la casa y encontró al viejito tumbado en su cama. Parecía dormido, pero pronto supo que había fallecido. En su cara se pintaba una ligera sonrisa, y en sus manos, se encontraba esta carta:
“Queridos todos: emprendí este largo viaje para encontrar afuera la felicidad, y hoy he comprendido que la felicidad tenía que buscarla dentro.Viajé porque quise extender mi sabiduría y mis consejos. Pero al llegar hoy al pueblo y recibir esta bienvenida de calor y amor, he caído en el gran error que he cometido durante tanto tiempo.
He dedicado mi vida a cambiar la vida de los demás. Tal propósito me ha carcomido y envejecido. No sólo no conseguí cambiar tales vidas, si no que recibí a cambio soledad y rechazo. Me olvidé de cambiar la mía. Y precisamente lo que ha pasado es que mi vida se ha cambiado sola, volviéndose triste, solitaria y oscura.
Quiero daros las más sinceras gracias, y quiero que sepáis que hoy me habéis hecho darme cuenta de cuál es la verdad más verdadera y universal. Me gustaría que tomárais el último y más valioso consejo que nunca he dado ni daré jamás: EL AMOR CURA Y EL ODIO, MATA.”
Paloma Ruiz.-